Poco tiempo luego de la llegada de los españoles al Perú (1532) arribó al país el primer lote de ganado vacuno, y con ello la semilla que haría con el tiempo florecer en el pueblo la afición por las corridas de toros. Las crónicas referidas a aquella época (que podríamos denominar: Albores de la Fiesta de los Toros en el Perú) señalan que las primeras reses se albergaron en lo que hoy son los jardines de Palacio de Gobierno en la Plaza Mayor de Lima.

Don Ricardo Palma, uno de los más importantes creadores literarios y reconocido cronista peruano, da referencias de la que podemos considerar una de las primeras actividades taurinas producidas en Lima al señalar en sus “Tradiciones Peruanas” que Francisco Pizarro, fundador de Lima (18 de Enero de 1535), alanceo un toro, allá por el año 1540, en la Plaza Mayor, toro, de los entonces lejanos pastos de Maranga (hoy parte de la ciudad cercana al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez). Este hecho, sin embargo, no tiene mayor respaldo que la mención de Palma y ha sido puesto en duda por numerosos historiadores considerando entre otras razones la edad avanzada que tenia Pizarro el año de la referencia.

De lo que no quedan dudas es que las fiestas de toros se realizaron en Lima, con la asistencia plena de autoridades, notables y el pueblo en general, desde poco tiempo luego de la fundación de la ciudad y que fue la Plaza Mayor el primer escenario de dichas celebraciones, que luego se verificarían alternativamente, en plazuelas de conventos; posteriormente en el campo de Otero; y finalmente, y hasta nuestros días, en la llamada entonces plaza firme del Hacho (hoy Plaza de Toros de Acho).

En la que podríamos denominar “primera época del toreo en el Perú” (siglo XVI) el Cabildo destino 4 días de cada año para la lidia de toros, y desde 1559 estos festejos se verificaron el día de la Epifanía o Pascua de Reyes, el de San Juan, el de Santiago y finalmente el día de la Asunción. Además de estas fiestas ordinarias de toros, que eran montadas por empresarios sujetos a contratos con la ciudad, se realizaban otras, según disponía el Cabildo, con ocasión de celebraciones puntuales como la jura del Rey de España, nacimiento del Príncipe, matrimonios reales, la entrada en Lima de un nuevo Virrey o Arzobispo, fundaciones y otros acontecimientos notables.

Un factor de indiscutible importancia que hizo posible la realización de los festejos taurinos entonces fue, sin duda, que el ganado llegado de España y embarcado en puertos andaluces tenía la misma procedencia del que posteriormente y por selección formó las razas españolas de lidia. Ello explica porque el llamado ganado “cunero” (toro criollo con cuatrocientos años de aclimatación y asentamiento) sirve aún hoy de base para numerosos festejos que se realizan en los pueblos del interior del Perú y otros países de América del Sur. Es evidente, así mismo, que las condiciones climáticas del país, principalmente, favorecieron la dispersión y multiplicación del ganado vacuno, lo que estimuló la realización de festejos taurinos a los que los españoles tenían gran afición, la misma que transcurrido el tiempo echo profundas raíces entre la población nativa.

Llegado el siglo XVIII las fiestas de toros habían pasado de ser un acontecimiento novedoso, esperado y extraordinario, a ser la fiesta nacional por excelencia. Prácticamente toda la población limeña y del interior del país encontraba en la fiesta de toros su mayor divertimento y el foco de atención de sus expectativas de figuración social, y eran cada vez más las razones que encontraban para su celebración. La ciudad de Lima había crecido notoriamente y con ella el mercado publico de víveres, frutas, flores, etc. que ocupaba la Plaza Mayor lo que complicaba cada vez más su traslado a otros lugares (como la Plaza de la Inquisición, la de Santa Ana y otras) los días de corrida. Es por ello que los festejos ordinarios buscaron y encontraron nuevo escenario: el campo de Otero, abajo del puente (hoy distrito del Rímac), y posteriormente el sitio del Hacho, ubicado próximo al anterior. Para entonces las corridas ordinarias habían pasado de ser 4 a ser 8 y de realizarse los días domingo a los días lunes a consecuencia de la antigua oposición de la autoridad eclesiástica a que se celebren en día de precepto porque con el alboroto de la lidia de toros mucha gente dejaba de oír misa. Dicha programación se mantuvo (segunda época del toreo en el Perú) luego del estreno de la plaza firme del Hacho (30 de Enero de 1766), escenario definitivo de la fiesta taurina oficial de Lima, que resultaría de especialísima significación para la posterior evolución de la tauromaquia en Lima y en general del Perú. Más aún, entonces, y solo de manera extraordinaria y ante sucesos notables, las corridas de toros se volvían a celebrar en la Plaza Mayor, como ocurrió en 1773 con motivo de haber recibido el Virrey don Manuel Amat y Juniet la Gran Cruz de la Orden de San Genaro. Y, en 1812, por creación del Regimiento de la Concordia y por el nombramiento de don José Baquijano y Carrillo, conde de Vista Florida, como Consejero de Estado. La última ocasión en que la Plaza Mayor de Lima sirvió de escenario para las corridas de toros se produjo en 1816 con ocasión del ingreso al mando del Virrey don Joaquín de la Pezuela.

Transcurridos 2 siglos de enraizamiento de la fiesta taurina en el Perú, la construcción de la plaza firme de toros (Acho) resulto propicia para el surgimiento de una tauromaquia auténticamente nacional en la que el protagonismo, en un comienzo acaparado por los nobles y notables españoles y sus descendientes, y progresivamente compartido con los naturales, paso a ser de estos últimos, gentes del pueblo, convertidos en figuras del toreo. Así mismo suertes netamente peruanas conquistaron la preferencia de los públicos, como es el caso de la del “toro ensillado”, “el lance de moharras”, “la lanzada”, el “capeo a caballo” y otras. Pancho Fierro, famoso pintor costumbrista, y testigo de su tiempo, recrea en esplendidas acuarelas algunas de estas suertes, así como inmortalizó la actuación de los hermanos Asín, Esteban Arredondo y la mulata Juanita Breña, capeadores a caballo e ídolos de entonces.


   
       
   
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